Hubo una vez, hace mucho tiempo, una niña pequeña. Era risueña y soñadora. Ella tenía padres excepcionales que se preocupaban por ella, y le daban toda la atención que necesitaba.
Pero el tiempo pasó, y ella creció. Todo cambió para la pequeña niña.
Sus padres no eran los mismos. Aunque todavía se preocupaban por ella, no le prestaban la misma atención que antes. Sólo se fijaban en ella para echarle en cara sus errores.
Y así creció aquella pequeña, pensando que era mala, que había algo mal con ella.
La niña se hizo una joven. Una joven diferente a lo que los demás esperaban.
Sus padres siempre habían sido muy buenos con todos, muy simpáticos, muy amables.
La joven no era eso.
Ella era alguien tímida, y esa timidez era confundida con antipatía.
La joven era muy diferente a sus padres. Eso la hacía pensar, cada vez más, que algo estaba mal con ella.
No lograba agradarle a la gente. Ella no era desagradable, pero la gente no se tomaba el tiempo de conocerla.
Siempre la juzgaban por su ropa, su cabello desaliñado, su falta de feminidad, la música que le agradaba.
La joven seguía creyendo que algo estaba mal con ella.
Todos creían eso, y ella pensaba que no todos podían estar equivocados.
La joven siguió creciendo.
Seguía estando mal. Seguía odiándose.
La joven empezó a tomar pastillas.
Cada vez estaba empeorando. Se odiaba más.
La joven empezó a destruirse, a consumirse.
No podía estar peor. Nunca se había odiado tanto.
Estaba cerca de ser una adulta joven. Ella conoció gente. Todo tipo de gente.
Las personas a las que ella más quería, eran las personas que más daño le hacían.
Y así fue como siguió rompiéndose aquella joven que había sido la niña soñadora.
Ella empezó a hacer daño también, para defenderse.
Se quedó bastante sola. Al menos, así se sentía.
Empezó a destruirse cada vez más.
Nadie se daba cuenta.
Aquella niña risueña quedó sepultada hace muchos años.
Yo quedé sepultada hace muchos años.
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